Raúl Anguiano

(Guadalajara, 26 febrero de 1915 – Ciudad de México, 13 de enero de 2006)
Artistas de la Colección del Museo Nacional de la Estampa

Raúl Anguiano es considerado uno de los máximos exponentes de la escuela mexicana de pintura. Pintor, muralista, grabador e ilustrador de poesía e incluso de coreografías, Anguiano se dedicó a lo largo de su carrera a una visión profundamente comprometida con las luchas sociales de su tiempo. Fue colaborador de programas pedagógicos de las décadas de los veinte, treinta y cuarenta, y se desempeñó como maestro de dibujo e inspector de artes plásticas. Su contribución a la educación artística fue clave, siendo uno de los fundadores de la Escuela Nacional de Pintura, Escultura y Grabado “La Esmeralda”. Asimismo, su participación en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) y como miembro del Taller de Gráfica Popular consolidó su vínculo con el arte comprometido con la transformación social.

Desde sus inicios, Anguiano encontró inspiración en las comunidades de los pueblos originarios, capturando en sus obras personajes y momentos significativos, especialmente mujeres, escenas rurales y celebraciones campesinas. Su dominio del dibujo académico y su capacidad para representar con rigor y observación lo llevaron a participar en 1949 en la expedición científica dirigida por el arqueólogo Carlos Frey. Este viaje a Bonampak, en la selva Lacandona, fue clave para registrar los murales y comprender la civilización maya y su estructura social, así como de sus todavía habitantes. Además, la participación de Raúl Anguiano reforzó la conexión entre el muralismo prehispánico y el muralismo moderno en México.

Como parte de la segunda generación de muralistas mexicanos, Anguiano reflejó en sus obras las estructuras y dinámicas sociales heriditas del México posrevolucionario. Su obra se centró en la vida rural, la lucha social y la identidad indígena, con una atención particular a las construcciones políticas y sociales detonantes para la edificación de un nuevo proyecto de sociedad. Su trabajo como docente, activista y retratista de las culturas vivas y ancestrales lo posiciona como un ojo “etnógrafo” de las culturas de México y de su tiempo.

Viejitos de San Miguel Allende, 1939. Litografía.
Colección Museo Nacional de la Estampa-INBAL-Secretaría de Cultura

En “Viejito en San Miguel de Allende”, Anguiano expresa su profundo interés por las fiestas tradicionales en las comunidades rurales, identificando estas costumbres como elementos esenciales de cohesión social. La Danza de los Viejitos, originaria de la región Purépecha, se caracteriza por el uso de máscaras que representan personas ancianas y se asocia con el ciclo agrícola, las mitologías locales y el calendario católico.

En esta obra, Anguiano retrata a un grupo de tres jóvenes disfrazados de viejitos, uno de los cuales lleva a los otros dos. La representación de estos tres personajes sugiere, según la interpretación del artista, tres momentos temporales distintos: el viejito «del futuro», que mira hacia el frente mientras carga al «viejito del presente» que lo guía y el «viejito del pasado», que mira atrás. Esta representación simbólica invita a reflexionar sobre la permanencia de las tradiciones en un México posrevolucionario en proceso de transformación social y cultural.

Andamios, 1947. Litografía.
Colección Museo Nacional de la Estampa-INBAL-Secretaría de Cultura

La litografía de 1947 evidencia la destreza de Raúl Anguiano para combinar el realismo con una perspectiva alegórica. El andamio, como estructura provisional, ofrece acceso seguro a la obra y facilita el trabajo en altura. En esta litografía, Anguiano utiliza el andamio como metáfora de los primeros pasos a la construcción de las nuevas relaciones entre naciones, todavía en formación, pero destinadas a ser sólidas y perdurables. El año 1947 marca la reanudación oficial de las relaciones entre México y Estados Unidos. Este año, Miguel Alemán, presidente de México recibe Harry S. Truman, presidente de los Estados Unidos de Norteamérica. Es primera visita oficial de un mandatario estadounidense a México desde el porfiriato, y a cien años de la guerra que opuso ambas naciones (1847).  

La presencia de solamente dos trabajadores, uno cercano y otro distante, amplifica la perspectiva de la escena, reflejando la fase inicial de este proyecto con materiales sencillos como cuerdas y madera. Anguiano transmite la idea de que las grandes obras, tanto políticas como arquitectónicas, siempre comienzan en sus cimientos, con pocos recursos, pero con la promesa de un futuro de gran relevancia.

Zapatistas, 1953. Litografía.
Colección Museo Nacional de la Estampa-INBAL-Secretaría de Cultura

A través de su trabajo como artista, Anguiano reflejó la lucha por la justicia social y la transformación que México necesitaba. Desde su juventud, Anguiano se comprometió con los ideales de izquierda, influenciado por el muralismo de Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros. Luego, su participación en la Liga de Escritores y Artistas Revolucionarios (LEAR) y en el Taller de Gráfica Popular lo vincularon al arte revolucionario y a la construcción de un nuevo orden social.

En “Zapatistas”, Anguiano presenta al Ejército Libertador del Sur, liderado por Emiliano Zapata, más de treinta años después de la Revolución Mexicana. En esta ilustración de una tropa en movimiento, Anguiano recuerda que este ejército estaba compuesto por campesinos, arrieros y gente del pueblo, muchos de ellos con poca experiencia en montar caballos o manejar armas de fuego.  Los campesinos guerrilleros, que luchaban con el fervor de su causa, mantenían sus atuendos de trabajo diario y se distinguían por sus amplios sombreros, que se convirtieron en su sello más característico.

En el primer plano se observan las soldaderas, mujeres que, aunque a menudo han sido invisibilizadas en la historia, tuvieron un papel crucial en la lucha revolucionaria. Anguiano les otorga protagonismo al ubicarlas al frente de la imagen, destacando su rol esencial en el conflicto. En contraste, los soldados y sus sombreros se disuelven en la multitud, integrándose con la forma de las espigas de las plantas de maíz, simbolizando la conexión entre la lucha agraria y la tierra que defendían.

A través de estas tres obras seleccionadas del acervo del Munae, Anguiano presenta su visión de la construcción histórica de la identidad mexicana, explorando los temas de las raíces indígenas, la lucha por la justicia social y el renuevo político. Cada pieza refleja su profundo compromiso con sus ideales revolucionarios y pacifistas, así como con la construcción lenta pero firme de un país más digno. Anguiano captura la esencia de un México en construcción, destacando la importancia de la identidad cultural y la lucha colectiva en la creación de una nación sólida y equitativa.

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